—Profesor Langdon—dijo Vittoria—, ¿No le bastó con “garcharse” a la descendiente del mismísimo Jesús en el Código da Vinci, que ahora me tira los perros así, sin más preámbulos?
Se vio envuelta en ira.
Langdon no sabía que decir, ni toda la experiencia de dar conferencias como profesor en Harvard le hubiesen servido para soltar un chamullo lo suficientemente bueno como para disimular lo que la srta. Vetra le causaba.
—Al menos hubiese tenido la sutileza de seducirme antes.
Ni ella se lo creía, el profesor de simbología la había cautivado desde un primer momento con ese aspecto desalineado y su más que vasta experiencia.
—Si, fue muy poco caballero de mi parte.
Dio media vuelta y le partió la boca de un beso.
—Creo que no es momento, no podemos perder el tiempo.
Diez minutos para las ocho, el Panteón parecía cerrarse cada vez más.
Moraleja: si no eres un buen seductor, procura estudiar mucho y dejarte las canas.